EL SUEÑO PROFUNDO DE
Un día soleado de Septiembre, talvez para muchos como cualquier otro de este florecido mes, por una de las calles del Regimiento Granaderos vestida sobriamente caminaba Charys, cabizbaja despacio como no queriendo avanzar, entre sus blancas manos cargaba cubierta con delgada mantilla la bronceada ánfora que contenía las cenizas de su fallecida madre, haciendo eco del último deseo de María del Pilar, esta joven mujer no deja de recorrer con sus húmedos ojos empapados de recuerdos y gratas vivencias este hermoso cuartel, la cita con el destino elegido por su madre ya no estaba lejos, solo era cosa de minutos, en su mente a cada instante con más realismo y fuerza florecían los momentos en que ella siendo muy pequeña acompañaba a su madre que disfrutaba de las clases de equitación.
Para Pilar, como la llamaban sus amigos, parecía ser que el caballo le entregaba una fortaleza y espíritu que renovaba su alma y ganas de vivir, para quienes conocen las bondades de este particular animal no es difícil comprender tan milagroso efecto. Normalmente y sin importar el frío o la lluvia después del trabajo en el picadero venía el esperado paseo al cerro, donde ella junto a su caballo “Poco Tuto” parecía disfrutar más que el resto de los jinetes, era una marcha agotadora con pendientes difíciles y bruscas bajadas que en algunas ocasiones le costaron una inesperada desmontada, acompañada de la risa y bromas de sus amigos, su caballo con paciencia y muy buena voluntad le dejaba que tomara su tiempo y le permitía que volviera a montar para continuar con esta habitual cabalgata.
Su vida como la de todos no solo era pasarlo bien, existían las obligaciones laborales y día a día ella enfrentaba al destino en forma desafiante, el trabajo no la asustaba, asumía sus compromisos con prontitud y seriedad, eso la llevaba permanentemente a realizar nuevas empresas. Toda la entrega, toda la pasión que ponía en todo lo que amaba no fueron sin embargo recíprocos en su corazón, el amor le fue un poco esquivo o talvez galopaba más rápido de lo que ella esperaba, sus sentimientos recorrían el sinuoso camino de la inestabilidad emocional debido a sus auto exigencias, pero siempre tuvo quien la amara y respetara verdaderamente. Lo intenso de su existir nunca mitigó su voluntad, seguramente cuando el médico le confirmó lo trágico de su enfermedad, ella no esperaba consuelo ni palabras de aliento, solo pedía al Creador unos días más, no para ella, sino para poder estar junto a su amada hija, para verla crecer, para no dejarla sola, para poder protegerla, para brindarle en plenitud toda esa entrega que cualquier madre desea para un hijo.
El tiempo inexorablemente continuo su implacable recorrido, el cáncer de Pilar cada día avanzaba más, se había trasformado en un verdadero verdugo que solo esperaba el paso de los días para ejecutar su lapidaria sentencia, contra su voluntad y con no menos dolor poco a poco se aquieto su respiración sus fuerzas la abandonaron sus ojos lentamente se cerraron y solo sus labios tuvieron la fuerza y el valor para pedir su ultimo deseo, “Quiero que mis cenizas sean desparramadas en el campo entre los caballos”.
Seguramente su espíritu voló raudo al más allá y en las puertas del paraíso es esperada por agitados movimientos de orejas tusa y cola de su caballo “Poco Tuto”, quien ya se habría adelantado a su partida en un frío y lluvioso invierno el cual no pudo resistir. Entre las tinieblas y la obscuridad, entre el frío y el calor, entre el miedo y el valor, entre las dudas y la esperanza un ahogado y emocionado relincho con toda seguridad será el mágico saludo de tan esperado reencuentro.
Las agujas del reloj avanzan pausadamente para tropezarse ambas a las doce en punto, hora notificada a familiares y amigos para dar apertura a tan particular rito. Ya en el estrado de la cancha de polo se habían reunido algunos amigos. Sin mucho preámbulo más que el de dos o tres resumidos discursos, en los que las palabras fueron elogiosas para Pilar y ante la presencia de Dios, implorado por todos los presentes, estrechando el circulo tomados de las manos susurrando el Padre Nuestro, el Ave María y algunos cantos devotos, se advirtió de pronto la presencia de algo supremo, la esencia de lo prodigioso, de lo glorioso y trascendental de los espíritus en la marcha hacia el más allá. Sin duda los recuerdos de su hija que dejaron de ser íntimos por algunos minutos, alcanzaron a todos los allí presentes, después de algunas reflexiones y cuando en el aire ya se oía la profunda, desgarradora he intensa música de Andrea Boccelli, en su tema “ VOLARE ” y de fondo el relincho inquieto he imperativo de los Alazanes, Tordillos y Mulatos, CHARYS caminó de cara al viento traspasando poco a poco las cenizas del ánfora a la tapa de la misma, para luego arrojarlas al aire y que con la ayuda de la cálida racha, iniciaran su anhelado vuelo al más allá. La música de Boccelli, se repetía sutilmente y las cenizas flotaban en el aire bosquejando fugaces contornos de perspicaces formas, que cada cual dilucido como más las sintió, al compás de una que otra sazonada y lánguida lagrima.
Concluida la ceremonia familiares y amigos se abrasaron amistosamente y se despidieron dando término así a este singular encuentro.
Meses después y desconociendo enteramente lo acontecido con el lanzamiento de las cenizas de Pilar en la cancha de polo del regimiento, los nuevos reclutas ya con algo de instrucción realizaban sus primeras guardias en la puerta falsa del regimiento, todo parecía ser normal durante las largas y silenciosas noches de vigilancia, pero algunos de los jóvenes soldados rumoreaban que en la cancha de polo colindante a ese puesto penaban, pero no sabían explicar bien que era lo que ahí sucedía, al ser consultados por el comandante de relevos o el suboficial de guardia en las rondas pasadas por ese sector, los soldados comentaban que se veía algo así como una nube media rara, como una niebla con forma de algo, pero que igual les causaba susto, miedo un miedo a lo desconocido, considerando su procedencia todos normalmente del campo los más antiguos no se convencían mucho de estos tímidos relatos, cada vez más fantasiosos y acompañados de espeluznantes profecías muy parecidas todas a las leyendas escuchados de sus abuelos alrededor del fogón en apartados lugares de nuestros campos.
Una fría noche de invierno temerosamente la tenue luz de la luna resplandecía con palidez el escarchado pasto de la cancha de polo, los dos soldados apostados en la puerta falsa caminaban de un lado a otro como queriendo acortar el tiempo y entibiar sus helados cuerpos, intercambiaban una que otra palabra entrecortada tratando de impedir el castañazo de los dientes apretando las mandíbulas, las ramas de viejos eucaliptos crujían al compás de un gélido viento que les calaba hasta los huesos, de pronto su inseparable amigo un arcaico perro nacido y criado en el regimiento de raza indefinida y confusos rasgos bautizado como “el relevo” se levanto bruscamente dio la impresión que quiso aullar o ladrar, pero sin embargo enmudeció, los soldados lo miraron y el perro tímidamente gimió, en ese preciso instante una racha de aire candente pasó entre los dos centinelas...cruzaron sus miradas, el perro parecía entender lo que acontecía a pesar de no ver nada sabia que esa brisa no era de este mundo, era algo desde el más allá, en cambio los soldados con ojos exaltados se miraban sin cruzar palabra alguna siguiendo con la vista la siniestra brisa, de pronto justo al centro de la cancha congelada, un torbellino de tonos grises y brillantes de a poco parecía tomar forma, sí, ante lo inexplicable de los extraños sucesos, paresia esta ventisca tomar una extraña representación, a los pocos segundo no cabía duda alguna, era un hermoso caballo y su amazona que parecían flotar el la escarcha. Con elegantes movimientos, llenos de fuerza, animados por un espíritu hidalgo, venido sin duda de una dimensión desconocida tal vez era el reencuentro de Pilar y su caballo, que por fin en magnifica comunión iniciaban juntos su galope al sueño profundo de la inmortalidad.
Manuel Pizarro Valdés



